Espíritu Santo, fuego y viento, fuente de energía renovable y renovador

El texto se sitúa al anochecer, con los discípulos “confinados” y las puertas y ventanas cerradas por el “virus” del miedo. Jesús se coloca en medio de ellos y les saluda («paz a vosotros») por dos veces, no por hacerse el interesante, ni por ofrecer solo un saludo cordial, sino para derramar en ellos la paz que les prometió unos capítulos antes.

Después se identifica, enseñándoles las manos y el costado, así les queda claro a los discípulos que es el mismo que fue crucificado; y ahí llega la reacción de los discípulos: se llenaron de alegría. Y los envió, acompañados del mejor aliado, el Espíritu Santo.

Hoy hace 33 años que recibí por primera vez a Jesús Sacramentado, en la parroquia de la Visitación, en mi querido barrio de El Tarajal. Un detalle inolvidable que recibí ese día fueron unas preciosas postales con los siete “dones del Espíritu Santo”.

El sacerdote Alfonso Crespo define así estos dones: sabiduría, saboreo de la grandeza infinita de Dios; entendimiento, o la penetración en sus misterios de vida; consejo, prudencia del sabio: saber hablar y callar a tiempo, y actuar consecuentemente; fortaleza, ante la adversidad y la duda, como fruto de una fe viva; ciencia, medio para descubrir en el poder del hombre el infinito poder de Dios: la creación está al servicio de la persona, imagen de Dios; piedad, contemplación reverencial de Dios, que provoca un inmenso amor por sus criaturas; y temor de Dios, que no es miedo sino descubrir nuestra finitud y la grandeza de Dios: solo Dios es Dios, ¡solo Dios basta!

¡Feliz Pentecostés!

Jn 20, 19-23

Encarni Llamas, periodista y bachiller en Ciencias Religiosas